Buenos Aires, un barrio rico, julio 2020: las autoridades protegen a los ciudadanos del peligro del virus obligándolos a quedarse en sus casas. Algunos -muchos, demasiados- no tienen casas. Las autoridades se quedan en sus casas.

El remedio es antiguo. Es el mismo que usaban en Florencia en 1350, por ejemplo: encerrarse, los que pueden, donde puedan, para aislarse de todos los demás.

Ese remedio crea una realidad suplente: hacemos todo esto -aceptamos todo esto- para que no pase lo que podría pasar. Debemos, para eso, imaginarlo. No es fácil: imaginar nunca fue fácil, y nos hartamos rápido y preferimos revolear. Total, no pasa nada -porque hacemos todo esto, claro.

Tenemos elección: pese a todo, tenemos elección. Pero hay personas que no pueden encerrarse, no consiguen aislarse porque ya las aislamos tanto que las dejamos sin posibilidades: para ellas, aislarse no es una opción sino su estado permanente. Un estado gaseoso, Estado inútil.

Algunos llevan meses o años durmiendo en una calle porque no tienen casa. Otros lo hacen ahora porque van al centro a buscarse la vida –a mendigar, a cartonear, a cazar la moneda– que no consiguen encontrar en sus suburbios, y no tienen transporte para volver. Solo los esenciales pueden subirse a un colectivo. Ellos, se lo hemos dicho tanto, no lo son.

Sin casas, sin caras: su cara, como el resto, está escondido. Recuerdo tiempos en que gritábamos todos a la calle. Deseos tengas –maldecían los gitanos– y se cumplan.

Ayer hubo en la ciudad mil nuevos contagiados. Si alguno de estos hombres y mujeres se contagian probablemente no entren en las listas. No tienen seguro, pocas veces pueden llegar a un hospital, no siempre se creen con derechos, casi siempre se los negamos. Están aquí, pero aquí es otro sitio.

La distancia social no es la solución; es el problema.

No están en venta: nadie los compraría.

Pero seguimos comprando fruta vieja: siempre, en cada catástrofe, habrá algún hijo de puta para decir que toda crisis es una oportunidad y más clichés new age. Suelen ser tan tristes como éste: la crisis del comercio –el cierre del comercio– por la peste es la oportunidad para que algunos que no tienen dónde vivir, dónde ser lo que deben, se refugien unas cuantas noches. Toda crisis, ya sabemos, etcétera etcétera, y menos mal y mal de muchos y no hay mal que por bien y todas esas cosas. Dicen que hablar no cuesta nada.

A veces.

Ahora, dicen, contagia.

Y se podría suponer incluso cierta equivalencia: los trapos que tapan al sincasa, los papeles que tapan la vidriera. Es el mejor de los cuentos que nos venden: que la pandemia golpea a todos por igual, que nos iguala. No es ni siquiera un cuento chino.

La distancia social es el problema.

Con virus o sin virus, el problema.

La pandemia está, se ve, en la calle.

 

Fotos: Dani Yako

Textos: Martín Caparrós

Fuente: www.chachara.org